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Las manos de Raquel hablan más que su boca. Sus ojos imprimen el equilibrio. Las palabras brotan pausadas, con cierta timidez.
“Desde chiquita quise ser actriz. Recuerdo siempre mi primera actuación a los cinco años, en una plaza cerca de mi casa. Esa experiencia me marcó.”
Y buscando su futuro, esta caraqueña, habitante hasta hace poco de Petare, ingresó en el Grupo Theja. Ese encuentro la llevó a iniciarse, profesionalmente, con los grandes.
“Con ellos participé en El Público, obra de Federico García Lorca. Mi participación fue muy corta porque era menor de edad y la obra muy fuerte. Luego actué en Autorretrato de un artista con barba y pumpá, de Cabrujas.”
Una de sus pasiones es el baile, la danza: “Sueño con actuar en un musical, interpretar un personaje como Julieta, de Shapeskeare”
Al hablar de sus anhelos, sus ojos se encienden y juega con su pelo como espantando fantasmas: “deseo que me llamen para hacer casting de un musical o de una película latinoamericana. Creo que el cine latino ha mejorado mucho y sería una gran plataforma para poner en la cima el nombre de mi país. Por ahora Hollywood no está en mis planes, pero no lo descarto.”
Esta talentosa actriz, es Rita Monasterio, la arrogante y testaruda rival de Marianella González en Nadie me dirá como quererte, novela estelar que transmite RCTV Internacional. Asegura no parecerse a su personaje, pero le imprime lo mejor de sí. Se considera una chica sencilla, honesta y poco rumbera.
“Soy muy tranquila, me cuesta levantarme en las mañanas, sólo me despierta la música; ése es mi mejor despertador, me llena de la vibra necesaria para iniciar el día”. •

 

 

 
Primero hay que decir que María Fernanda Di Giacobbe estudió Letras en la UCV. Es menester hacerlo para que se entienda, en toda su magnitud, la inclinación hacia las artes y la propensión a soñar y crear universos, aunque para ello, en lugar de papel y tinta, prefiera ponerse gorro y delantal y hacerse de ollas y paletas.
En este devenir, entre la literatura y la cocina, María Fernanda cuenta ya más de dos décadas y una decena de locales gastronómicos, entre ellos: la Empanadoteca, la Paninoteca, Café La Estancia, Café Sofía Ímber, Soma Café y la bombonería Kakao, este último creado de la mano de Sumito Estévez.
“Siempre digo que las cosas que uno hace, las hace por placer y eso debería siempre ser próspero. Si el único objetivo fuese el dinero sería como muy aburrido. Me he dado la libertad de combinar productos que son muy buenos, como el cacao, con temas clásicos como una librería; o de tener los cafés que estuvieron en sitios culturales, porque era una necesidad ir a un museo y comer algo rico mezclado con arte: teatro, cine, música”, explica, sobre lo que ha sido su modo de vivir, y disfrutar, su oficio.
Ella insiste: todo gira en torno del placer de cocinar, que a su decir se resume en un solo término: alquimia. “La palabra, quizá, es muy usada, pero es muy mágico que mezcles un ingrediente con otro y salga otro sabor. Eso me parece totalmente enloquecedor: la posibilidad de crear todo el tiempo”.
Sin embargo, tanta gratificación frente a los fogones no ha sido producto únicamente de la buena ventura o de una acertada elección. La sangre ha tenido su peso. “Tengo una mamá pastelera, una tía cocinera y unos tíos que tenían abastos. Tengo una familia gastronómica. Somos unos comelones; además, la mitad de mi familia es italiana y la otra es venezolana”, dice. •

 

 

 

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