


Empezamos hablando de pornos. Mi amigo dijo que una cosa es verlos y otra confesar que uno los ve. Peor aún es describirlos con detallista fruición, y eso fue lo que mi amigo terminaría haciendo. Primero empezó hablando de una novia que se fue a Francia a hacer un postgrado en dermatología y se quedó trabajando en un hospital de Lyon. Nunca la volvió a ver; hasta que un día, en una de sus indolentes navegaciones por la web, se le apareció desnuda en un apartamento de París.
Ha pasado suficiente tiempo para olvidarla; sin embargo, a veces, al enfrentarme al espejo en la mañana, sólo veo lunares que crecen, poros abiertos en la barbilla, verrugas que cambiaron de sitio durante la noche, manchas de sol en la nariz que parecen de un niño comiendo chocolate, y entonces siento que ella me observa y me vuelve a revisar.
Ésa era su especialidad. Siempre estaba buscándome espinillas en la frente (como si fuera su pequeño huerto) o untándome protectores, insistiendo en que los rayos ultravioleta a la larga no perdonan. Y yo cerraba los ojos y la dejaba hacer. Presentía que esas amorosas previsiones garantizaban que estaríamos juntos para siempre. ¡Tanta crema y tanto aceite para terminar casándose con un francés! Desde el día que se fue supe que ella obtendría lo que quisiera, y que jamás iba a volver. Con todo el rencor que le tengo, si viviera en Francia sería su paciente. Sus manos tenían algo curativo, tan ferviente, tan seguro, tan certero.
Quince años después creí verla en una pagina web llamada Gonzomanía.
En un apartamento aparece una joven. Se supone que es una joven polaca que acababa de llegar a París. Tiene una franela negra sin mangas y es exacta a mi dermatóloga, la misma manera de reírse, de apoyar el rostro en las manos, el mismo color de piel, la misma piel. La sorpresa me contrajo los músculos de la barriga y me costó respirar. Quería creer que era ella, quería incluso sufrir, sufrir mucho, y luego vengarme contando lo que había visto. Pero era imposible, había pasado demasiado tiempo para que la polaca fuese la misma mujer de mi último recuerdo.
La voz de un hombre le hace preguntas y otra voz las traduce al polaco. Le muestran una revista para que vea el tipo de fotos que hace su entrevistador, y ella hojea las páginas con indiferencia. Le preguntan si querría hacer algo igual y se ríe. Le piden que se desnude y lo hace con el desenfado y la prisa de una deportista antes de ducharse.
Me di cuenta entonces que recordaba más su cara que su cuerpo, un cuerpo que había tenido demasiado cerca. Y de cerca todo es cada vez más grandioso, ilimitado, con texturas y proporciones que la memoria va desenfocando.
Ya desnuda, le piden que dé una vuelta. Al hacerlo, parece, o quiere parecer, una amateur y pierde el equilibrio a mitad del giro. Se apoya en los brazos de un viejo sillón y da la espalda a la cámara, que se acerca en un vuelo aéreo, lento, minucioso, hasta llegar a la geografía de un anillo de pliegues contiguo a tensas hendiduras. Es imposible encontrar diferencias o similitudes con mi dermatóloga en un área tan íntima y universal, tan perturbadora y con funciones tan textuales.
Pensé que la única estrategia lógica era escribirle un par de líneas. Hice mis averiguaciones con amigas que tampoco veía desde hacía años y finalmente conseguí el email que buscaba. El destinatario de un email da igual que esté en el apartamento de al lado o en el fin del mundo. La distancia no cuenta y el tiempo en que se logra la conexión es irrelevante. Escribirle un email a mi dermatóloga era como tenerla de vecina o como si nunca se hubiera ido. Esta impresión de inmediatez me hizo pensar demasiado, autocensurarme una y otra vez, y sólo logré escribir:
Acabo de ver una película donde sale una mujer muy parecida a ti, y te recordé, ¿cómo estás?
Estuve un rato meditando antes de enviar un texto que, después de tanto tiempo, lucía pobre por su excesiva brevedad, por lo tonto y reiterativo. La palabra “Acabo” sonaba tan vulgar y, ¿cómo no recordar a alguien que ves en una película? Pero ese aire casual de algo que envías sin revisar me convenía. Hace quince años di muestras bien meditadas y articuladas de odiarla, ahora venía bien algo de superficialidad, el subterfugio de una amistad casualmente revivida.
Ella respondió en seguida:
¡Qué sorpresota! Yo también he pensado mucho en ti. Imagínate la casualidad: vamos en diciembre a Caracas y no hay nadie como tú para hacer un recorrido. Llegamos el 21 y nos encantaría verte el 23 en la mañana. Mándanos un teléfono y te llamaremos al llegar.
Cada lectura de sus líneas empeoraba mi estado. ¿Qué tanto le costaba preguntarme en cuál película la había visto? ¿Tendría sentimientos de culpa por un pecado que cometió recién llegada a Francia? También estaba ese uso excesivo de la primera persona del plural: cinco casos en tres líneas era una manera de conjugar llena de alevosía. Sólo faltaba que firmaran el email la esposa y el marido.
Tampoco me gustaba ese “no hay nadie como tú para hacer un recorrido”, tan parecido a llamarme “estupendo taxista”. Y otra cosa: la pareja no pensaba alquilar carro, luego era conveniente empezar a buscar uno prestado, pues el mío se lo había quedado mi esposa.
El 23 de diciembre me dirigí al hotel Tamanaco con un plan que podía extenderse hasta por tres horas: Primero, pasear por la Cotamil y ver la ciudad mientras bordeábamos la montaña de punta a punta; luego, estacionar el carro frente a Tarzilandia y adentrarnos en un parque que a los pocos minutos ya ofrece un bosque húmedo tropical a 1.000 metros sobre el mar. Fueron varias noches revisando opciones hasta concluir que no había mejor receta para mostrarle a un francés cómo es Caracas y a una emigrante la ciudad que perdió con su traición .
A las diez y media de la mañana estaba yo girando en la redoma frente al Tamanaco en un carro ungido con un insoportable olor a cigarrillo. A la quinta vuelta apareció la pareja y un uniformado les abrió las puertas del carro. El francés tenía una cabellera de una profusión sospechosa, con mucho de gorro y visera. Su expresión me recordó a Salman Rushdie: tenía algo de ávido y retraído, y la misma sonrisa turulata de quien agradece y teme la fama. No era el hombre conservador, apacible y cansado de las urgencias que uno espera para la mujer que alguna vez amó; lucía más bien pasional, experimentador, aguerrido. Se sentó adelante y se arrellanó como si fuéramos a viajar juntos unas ocho horas, estableciendo que estaba cómodo en cualquier situación o hemisferio. Lo primero que hizo fue soltar un nombre que sonó como “Alfil”, y ofrecerme una mano grande, aún caliente y edulcorada por sus caraqueñas noches de amor.
.
