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Así, en el mencionado año, el florentino Paolo Toscanelli había enviado a Colón su famosa “carta de marear”, a ver qué le parecía. Colón tenía reputación de hombre muy versado en cuestiones geográficas, pues tenía amplios puntos de vista deducidos de sus conocimientos acerca de la Geografía de Ptolomeo y la Imago Mundi, del Cardenal Pedro D’Ailly. En el mapa de Toscanelli figuraba la legendaria Antiglia (Antilla en castellano), a la cual los cartógrafos colocaban hacia el Occidente del inexplorado océano, como escala del viaje a Cipango (lugar correspondiente al Japón actual), y que algunos identificaban con la Atlántida de Platón y otros con la mítica Ante-Ilha, o Isla Anterior, la isla portuguesa de las Siete Ciudades.
Según la narración del recordado profesor Ángel Rosenblat, una vieja tradición europea afirmaba que, después de la ocupación de España por los árabes, a principios del siglo VIII, seis obispos cristianos, bajo el mando del Arzobispo de Oporto, habían abandonado la Península para refugiarse en la Antilla, donde fundaron Siete Ciudades y, desde entonces, los pobladores vivían en un régimen de paz evangélica, resguardando estas ciudades para la cristiandad, hasta que se lograra su triunfo definitivo. Estos obispos, seguros como estaban de su destino, habían “quemado las naves” una vez que desembarcaron en la Antilla, para que a ninguno se le ocurriera desertar de su misión.
Tan fuerte era este mito, que no sólo Toscanelli, sino muchos otros connotados cartógrafos, colocaban a la Antilla en algún lugar de sus mapas, junto a los lugares “reales” identificados por Marco Polo en sus viajes, pues, para la época, mito y realidad aportaban la misma certeza. La posesión de cualquiera de estos lugares tenía el mismo interés para los europeos, por lo cual no es extraño que, un año después de que Toscanelli diera a conocer su mapa, el portugués Fernão Telles obtuvo la concesión de poblar las Siete Ciudades, así como el señorío sobre ellas.
En la última década de este convulsionado siglo XV, todas las condiciones estaban dadas para que la mezcla de fe y certezas geográficas diera sus frutos. La expedición comandada por el Almirante Cristóbal Colón partió del Puerto de Palos, el 3 de agosto de 1492, en tres carabelas: La Niña, comandada por Vicente Yáñez Pinzón; La Pinta, gobernada por Martín Alonzo Pinzón y al frente, la nave capitana, La Santa María, al mando de Cristóbal Colón. Tras setenta días de angustiosa navegación en la inmensidad azul del Atlántico y repetidas amenazas de motines a bordo, la expedición tocó tierra en una pequeña isla, a la que los nativos daban el nombre de Guanahani. De inmediato, fue rebautizada San Salvador, para iniciar esa costumbre española de renombrar en tierras americanas lo que ya tenía nombre desde hacía milenios.
Para sorpresa y desencanto de estos expedicionarios y también de sus sucesores, ante la mirada europea sólo aparecieron islas en los primeros años de exploración, pero ya los portugueses, y también Pedro Mártir de Anglería y Américo Vespucio, daban por cierto que una de éstas era la mítica Antilla de las Siete Ciudades y, frente a la imposibilidad de saber cuál era, el término se fue haciendo extensivo para nombrar a todas las islas del Caribe. Así, en la temprana fecha de 1502, se elabora la famosa carta de navegación llamada Cantina, donde figuran las islas y una leyenda sobre ellas: “Las Antillas del Rey de Castilla”.
Tarde o temprano, el mito siempre encuentra su lugar en la historia y la geografía.

 

 

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